VERGÜENZA

Mi necesidad por mantener la relación (con padre/madre) fue lo que me hizo estar dispuesta a convencerme, de ser una niña imperfecta.

Es difícil para una niña entender que la forma de mostrar deseos de afecto, de comunicarse, de fantasear, de moverme… de estar, pueda ser motivo de malestar para sus padres. Y más cuando la respuesta que obtiene, es la de rechazo y humillación, por parte de los únicos seres que conforman su mundo. A partir de aquí la semilla que germina en el alma infantil es la vergüenza. Una vergüenza social y afectiva. Y una pregunta constante se instala como razón del ser ¿está bien, estoy bien, soy apta?

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Las opciones para “estar bien” en esos momentos dependerá siempre de los distintos valores paternos. Ej.: Un padre posesivo y dictador intentará anular por completo a todos los miembros de la familia. Una madre-niña no podrá ofrecer protección (su prioridad es la de- pendencia y anular cualquier muestra de madurez en los hijos).

En mi caso acepté no ser a cambio de ser aceptada. Gran error el mío. No sabía “que a los ridículos sólo se los acepta para escupirles”.

El aislamiento y la no socialización en mi infancia (sin entrar en detalles) hicieron que “los pecados cristianos”, nunca me remordieran la conciencia. Reconozco que fueron de gran ayuda y me dieron mucha compañía: poder aceptarme en “lo malo” aunque fuera en soledad, no dejaba de ser gratificante. Mi imaginación, aunque herida, podía seguir volando y así aprendí, a vivir conmigo.

El caos aparecía y todavía aparece, al tener que exponeme. Pues tengo el convencimiento, con la vergüenza correspondiente, de que la única forma de ser aceptada es siendo nada. Porque soy defectuosa.

Pero yo era muy poderosa y no podía permitir que esta venenosa creencia me quitara lo único que tenía (a mi). En esos momentos, la única forma que encontré de recuperar la libertad, fue despreciando todo aquello que fuera ajeno a mí.

No me daba cuenta…. Lo que hacía era proyectar en el mundo mi propio autodesprecio; mi convencimiento introyectado de no ser válida para los demás.

Huir para ocultarme, por miedo y por soberbia, fue siempre mi mejor opción. Repetía una y mil veces el aislamiento al que había sido sometida en mi infancia, a diferencia que ahora era yo quien lo elegía.

Se vive con esa sensación de omnipotencia al creer que no necesitamos nada ni a nadie. Y nos sentimos a salvo, protegidos en nuestro castillo, en esa fortaleza inaccesible que tanto nos costó construir.

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Algunos habréis podido comprobar y es-aréis de acuerdo conmigo, que en la soledad y en la autosuficiencia, no hay cabida para la dictadura de las miradas ajenas.

Pero todo tiene su contrapartida y nunca se está del todo a salvo. Tirándome de uno y otro lado, me descuartizo ante los deseos contradictorios (de mis perras): la fantasía de ser la mejor (orgullo) y el con- vencimiento de que solo si me retiro de la vida, podré estar.

Siento vergüenza de aparecer ridícula y también de no saber transitar entre mis polaridades, cuando en ese intento de querer aceptarme insignificante, me encuentro revolcándome con mi orgullo y en romance con mi soberbia.

¡Despierta!

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