Seamos o no conscientes de ello, todos tenemos en mayor o menor medida alguna «herida de la infancia». Y esta herida o trauma, si no la trabajamos, nos la llevaremos a la tumba, y esto no es lo peor, estamos en vida «cargando» con ese sufrimiento, pues subyace en nuestro inconsciente, en el registro de experiencias, condicionando nuestra forma de relacionarnos con la vida, con nosotros y con nuestro entorno.

Las experiencias más o menos traumáticas de la infancia, son responsables del desarrollo de los mecanismos de defensa (ver artículos previos en revistas 22 y 23), relacionándonos en la vida desde ellos, alejándonos de ser nosotros mismos, si estos no son trabajados, vivimos desde ellos con la carga añadida de nuestras «heridas». A partir de esto, entiendo que exista tanto sufrimiento en este planeta y que sea más fácil hipnotizarse con la tecnología y narcotizarse de alguna forma para sobrellevar esta mentira que vivimos cada día. Es más fácil hablar de espiritualidad, de canalizaciones, de invocaciones, de abrir portales o de invocar a maestros ascendidos que sentarte cara a cara contigo mism@ y empezar a quitar capas, ablandar corazas o comprender y trabajar a tu personaje, ya que esto no es agradable. A nadie que esté dispuesto a ser el mismo y vivir de verdad se le ocurre seguir mirando para otro lado y vivir desde sus defectos. Hay un sentido profundo en existir: la autorrealización.

Evidentemente, cada persona tiene su ritmo y su momento, a todos nos llega tarde o temprano la oportunidad, en unos casos encaramos el «envite» que nos pone la vida por delante, es una sacudida para despertar, y si estás distraído, posiblemente te lo tomes como algo personal y lo vivas como un conflicto o te narcotices para olvidar o para esconder tu rabia, y por supuesto, nos queda el juego del autoengaño: excusas, pos- poner y las reacciones primarias: lucha, huida o bloqueo… Y todo esto, incluso los pensamientos y sentimientos más espirituales, están subordinados tanto por la educación y doma, como a lo que hemos experimentado con dolor o placer.

Todo esto está en nuestro interior y solo nosotros podemos deshacer los nudos, disolver las corazas y vivir más allá de los condicinamientos y programas implantados por nuestro entorno. Sin un trabajo sobre un@ mism@, lo que vivimos es una mentira que mantenemos día a día al vivir desde lo que no somos y creemos ser, alejándonos del Ser y perdiendo la oportunidad de realizarnos, pues este es el sentido de esta existencia.

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Necesidades del bebé: El bebé se comunica mediante gemidos y gruñidos que indican una cierta incomodidad por hambre, sed y necesidad de limpieza, y que si no son atendidos pueden terminar en llanto. Y la cuestión no solo es atender a sus necesidades, también es hacerlo con una actitud paciente y muy amorosa, pues él se siente indefenso y vulnerable. Este trato «amoroso» es fundamental para su desarrollo físico, mental y emocional.

Si el bebé vive muchos momentos de sentirse desatendido o el trato es poco amoroso, irá interpretando que el medio responsable de su cuidado y bienestar es hostil e inadecuado, desarrollando mecanismos propios para sobrevivir, funciones éstas pertenecientes al cerebro reptil, tal y como hemos visto en artículos anteriores. Esta situación produce en el bebé un «estrés» que dependiendo de su fuerza vital, tenderá a la introversión y falta de respuesta agresiva o a la extroversión reactiva y al enfado, influyendo mucho el desarrollo del futuro «actor» (1), pues tanto las experiencias como la forma en las que las vivimos nos van determinando.

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(1) Actor: La personalidad es el actor que interprata diferentes roles (papeles) para establecer relaciones seguras y que cubran sus expectativas. El actor al identificarse con sus diferentes formas de actuar, termina olvidándose que es Ser y de vivir la vida con plenitud

Necesidades del infante: Dependiendo del nivel de insatisfacción y frustración que ha experimentado el bebé, da lugar a un niño más o menos introvertido (distante, silencioso, retirado, solitario, serio, triste…) o extrovertido (próximo, preguntón, sonriente, alegre…), siendo uno de estos estados, el que irá determinando nuestra estructura corporal (constitución) y nuestro carácter.

Sea cual sea el nuestro estado, el infante sigue teniendo unas necesidades que requieren ser satisfechas, desde el enseñarle al auto-cuidado (hacerse responsable de los suyo) y las «normas» para relacionarse con su entorno (familia, vecinos, otros niños…).

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Entorno familiar: es el medio donde el niño aprende y se desarrolla a partir de las experiencias que obtiene de sus relaciones. Por tanto, dependiendo de si este medio es hostil o agradable, de como se siente de atendido, aceptado o rechazado y de si se cubren o no sus necesidades, se van a ir produciendo una serie de interrupciones en el flujo natural y espontáneo del niño, bloqueos de energía y de emociones, que van a ir creando formas de relacionarse y de satisfacerse (mecanismos de defensa), aprendiendo a manejar dentro de sus limitadas posibilidades su insatisfacción y frustración. Los niveles de insatisfacción y frustración van a determinar nuestra futura forma de vivir esta vida. Si resulta difícil para un adulto el día a día, imagínate para un niño que se siente indefenso e inseguro.

Es el entorno familiar el que van a experimentar las expectativas incumplidas, las insatisfacciones, los desacuerdos, las frustraciones y los sentimientos de rechazo y vulnerabilidad, marcando al niño los traumas y conflictos para el resto de su vida, viviendo cada día con más o menos consciencia estas heridas que nos marcaron en la infancia, y que tendemos a olvidar y a deformar, ya que la realidad supera la ficción.

El trato amoroso y tierno, junto al sentimiento de satisfacción, son fundamentales para el desarrollo óptimo del bebe y del niño.

Y nada ocurre al azar, tanto el bebé como el infante, tienen las experiencias que están marcadas en su destino, en su karma, todo lo que determina su desarrollo para crear un personaje (personalidad), una constitución (corazas) y un carácter dejando de Ser, pues aquello que nos permite sobrevivir nos lo impide. Y precisamente estos impedimentos, cuando son trabajados además de realizarnos, nos conducen al Ser, sanando el Alma de las heridas del pasado y del ahora, aportándonos autoconocimiento y recursos sanos, que van desde el autocuidado, como al hacernos responsables de nuestra vida y posteriormente de la de los demás, no usando a estos como una justificación para sentirnos ofendidos, culpables, frustrados y vulnerables. Lo que hay dentro de tí es lo que se refleja fuera de tí, siendo éstos los cimientos de una sociedad sana y respetuosa con la vida.

¿Como vivir feliz estando herid@?

Heridas de la infancia: Nuestro desarrollo es deficitario como consecuencia del trato inadecuado recibido en la infancia, dando lugar a 5 heridas emocionales que persisten aún siendo adultos:

– Miedo al abandono,

– Miedo al rechazo,

– El sentimiento de humillación (cuando nos desaprueban y critican),

– Miedo a confiar tras haber sido traicionado (recelo),

– La injusticia (desmerecimiento).

Y desde estas heridas nos relacionamos con nosotros mismos y con el mundo.

Una vez vistas las heridas y los roles. Es el momento de empezar a vivir más allá de nuestros miedos, del sentimiento de vulnerabilidad o de las «cadenas» implantadas de la infancia.

Las «heridas» seguirán con nosotros en la edad adulta, no solo nos han estructurado físicamente, también nos condicionan a la hora de relacionarnos con nosotros y con nuestro entorno.

Vivimos en mayor o menor medida desde ese miedo al rechazo y al abandono ¿Qué cosas no estaremos dispuestos a hacer para que esto no ocurra?. A partir de aquí aparecen la dificultad para poner límites y ser una persona que se desvive por los demás para ser aceptada, reconocida y valorada, no por lo que un@ es, sino por lo que un@ hace. Este personaje permisivo necesita ser visto. ¿Te ves en esta actitud?

Si en nosotros predomina el sentimiento de humillación se nos podrá «herir» fácilmente, pues la ofensa está relacionada con esta herida, dándole nosotros poder a las palabras y actos de los otros. Puedes usar la «ofensa» para darte cuenta de que tienes una herida abierta, y agradecer a quién tu permites que te humille, que te haya señalado tu debilidad o tu superfuerza. ¿Has observado tu capacidad para sentirte ofendid@?

Podemos ser más o menos desconfiado en la medida en la que no confiamos en nosotros (baja autovaloración) o por las experiencias de traición o decepción, tanto por las expectativas incumplidas, como por las «traiciones» que hayamos vivido, sean reales o fantasía. La dificultad para confiar en los demás, el recelo, nos lleva a la desconfianza. Afinarnos en la confianza conlleva exponerse y salir de la vulnerabilidad, del área de confort y falsa seguridad. ¿Cómo andas de confianza?

Para terminar esta introducción a las Heridas del Alma, veremos el desmerecimiento o el miedo al trato injusto, que se da mucho en nuestra sociedad judeo-católica, como no merecimiento y sentimiento de culpa (no ser digno), relacionado con el pecado original y la expulsión del Paraíso. Llevada esta situación al niño, se puede relacionar con el esfuerzo y la expectativa incumplida, el reproche por parte de los padres como una forma de manipulación, que de una forma u otra termina llevándonos a la sensación de desmerecimiento, culpa, injusticia, indignidad y a pensamientos como: «no vale la pena tanto esfuerzo», «no obtengo lo que espero», «me doy por vencid@», y a las dos polaridades: autoexigencia y sobreesfuerzo, para conseguir afecto o reconocimiento, o a las actitudes de abandono e inutilidad y/o pataleo (disconformidad). El trato injusto nos lleva al desencanto, a la amargura y a la rabia, sobre- todo cuando hay un hermano de por medio. ¿Cómo te ves de desencantad@? ¿Es injusta la vida contigo?

En próximos artículos veremos como el bebé se va bloqueando ante la falta de un trato adecuado y tierno, interrumpiéndose el flujo de energía, lo que dará lugar a la formación de las corazas caracterológicas.

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