«El éxito y el fracaso depende de la sabiduría y la inteligencia, que nunca pueden funcionar apropiadamente bajo la influencia de la ira.»

Dalai Lama

La ira como todas las demás emociones es una reacción compleja en la que se ponen en funcionamiento tres tipos de respuestas.

(1) La primera es una respuesta corporal, en la que nuestro cuerpo se activa para la defensa o el ataque. Nuestro ritmo cardiaco aumenta al igual que nuestra respiración se acelera, nuestros músculos se tensan y el flujo sanguíneo se dispara preparándonos para actuar ante una amenaza percibida.

Cuando este estado de excitación permanece estamos más predispuestos a actuar de forma impulsiva llegando a emitir conductas agresivas.

(2) La segunda respuesta es cognitiva, es decir, depende de nuestra manera de interpretar las situaciones. Cuando estamos inmersos en una situación, esta por si sola no tiene ningún valor emocional, es la valoración personal que hacemos de ella la que le confiere un significado. De esta manera, las emociones están en función de nuestros pensamientos, así que cuando interpretamos una situación como un abuso, una injusticia, una falta de respeto o como un obstáculo para conseguir una meta, sentimos ira.

(3) La última respuesta de la ira tiene que ver con la gestión conductual en estas situaciones. La conducta en estas circunstancias está orientada para defendernos de aquello que se interpone en nuestro camino y para ello se genera una energía interna que mueve a la “destrucción” del obstáculo. Ahora bien, no debemos confundir la emoción de la ira con la agresividad, ya que ésta es una de las múltiples maneras de gestión emocional.

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Experimentar y expresar la ira a través de la agresividad depende de las conductas que hayamos aprendido a lo largo de nuestra vida.

No obstante hay otras conductas en la gestión de la ira que no están orientadas a la destrucción del obstáculo sino a la resolución de problemas.

Algunas de las consecuencias negativas a las que nos puede llevar la ira son las siguientes:

* Puede desorganizar nuestra manera de pensar y nuestras acciones. Cuando estamos bajo la influencia de la ira tendemos a actuar impulsivamente, nos cuesta pensar con claridad y por tanto no somos capaces de ver la repercusión de nuestro comportamiento, por lo que nos conlleva a tomar decisiones equivocadas, como también cuando estamos rebosantes de optimismo, los extremos siempre son negativos a la hora de tomar decisiones importantes

* Ceder a la ira puede ser una forma de proteger nuestro orgullo, a veces es más fácil sentir ira que sentirnos heridos y ser conscientes de nuestra vulnerabilidad. De este modo, la ira dificulta reconocer nuestros propios sentimientos.

* Trasmite una impresión negativa a los demás: los demás pueden evitarnos, nuestras relaciones per- sonales se resienten y por tanto nos lleva a sentir- nos aislados.

Aunque a veces, la ira bien gestionada también aporta beneficios en nuestra vida. No hay que olvidar que como emoción no la podemos dejar de sentir y por tanto es importante que juegue a nuestro favor en vez de a nuestra contra.

La ira nos puede dar fuerza para acometer tareas que nos resultan difíciles. Nos ayuda a defender nuestros derechos y puntos de vista ante los demás.

Nos ayuda a resolver conflictos: Expresar la ira de forma adecuada hace que nuestros sentimientos negativos se desvanezcan.

Cuando percibimos que somos tratados injustamente, cuando nos sentimos heridos o cuando vemos dificultada la consecución de alguna meta importante, sentimos ira. Sentir esta emoción en estas circunstancias nos predispone a la acción en un intento de protegernos de aquello que nos hace daño y que es el origen de esta emoción.

La ira en nuestra sociedad tiende a confundirse con caracteres fuertes. En algunas ocasiones se entiende como una manera de comunicarse y de afirmar nuestro temperamento y por tanto como un signo de autoridad. Nada más lejos de la realidad, las actitudes coléricas suscitan temor pero en ningún caso admiración o confianza en quienes las padecen.

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Otro de los mitos, es la creencia de que la ira forma parte de una manera de ser. Aunque haya personas que viven su vida a través de la ira, siempre andan enfadados y su manera de relacionarse con los demás es agresiva, insultando, la ira no es un rasgo de personalidad sino un estado emocional y por tanto es algo que se puede aprender a manejar.

Otra confusión que solemos encontrar respecto a la ira, es que la explosión de ira sosiega. Bien es cierto que cuando estallamos en ira, alcanzamos una sensación de relativa tranquilidad ya que con el estallido eliminamos toda la tensión acumulada, esta sensación de bienestar es breve y es reemplazada por la tristeza, melancolía y vergüenza por no haber podido controlar este impulso acertadamente.

“No existe ofensa hasta que, el que recibe el improperio, lo valora como tal.” NO OFENDE QUIEN QUIERE SINO QUIEN PUEDE

El que insulta está fuera de sí, cegado momentáneamente por su ira y sumergido en problemas que no ha podido resolver. O bien se siente víctima de alguna injusticia, o bien conoce su falta, pero usa el ataque como defensa. En el fondo es una persona que sufre y se siente desvalido o impotente por lo que, en el fondo, está necesitado de ayuda y contención afectiva.

Por último encontramos la creencia de que la ira es eficaz a la hora de conseguir objetivos. Es posible que algunas veces consigamos aquello que queremos por medio de la agresividad, las amenazas o la coacción, no obstante el precio a pagar es alto: las relaciones con los demás. En estas circunstancias el respeto será sustituido por miedo, el amor por evitación y la confianza por recelo. Los demás nos verán como personas descontroladas, abusivas y emocionalmente explotadoras.

(continuará)

Jesús Molina

Psicólogo

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