EL MIEDO

Dicen que un día, un peregrino que viajaba hasta Tierra Santa, se encontró en su camino con la Peste. Aterrorizado, intentó inútilmente esconderse, pues su propio azoramiento le impidió ocultarse adecuadamente.

¿A donde vas? – le preguntó la Peste, en tono cortés y amable.

Con voz temblorosa el caminante le contestó: «Me dirijo a los Santos Lugares, a Tierra Santa».

La Peste le comentó: «Si te apetece buen hombre, te acompaño, pues no hay cosa que me aburra más que viajar sola».

Paso a paso, confidencia a confidencia, se entabló una buena amistad entre ambos, hasta el punto en que empezaron a contarse sus intimidades.

Fue así como el caminante se enteró de que el objetivo del viaje de la Peste era causar en Bagdag la muerte de 5.000 personas.

Cuando llegaron a las puertas de la ciudad se separaron tras despedirse.

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Pasados cinco años, sin saber nada uno del otro, se volvieron a encontrar en otro viaje. Durante el camino, el peregrino comentó a la Peste: «Creo que la última vez me mentiste».

«No es verdad» -replicó indignada la Peste-, «mi condición no me permite mentir».

«Explícame entonces, cómo fue que en lugar de 5.000 personas murieron 50.000.»

¡ Ahhhh ! Esto es fácil de responder; yo maté sólo a 5.000, las demás murieron de miedo».

CREENCIAS LIMITANTES

Una caravana que iba por el desierto se detuvo cuando empezaba a caer la noche.

Un muchacho, encargado de atar a los camellos, se dirigió al guía y le dijo:

-Señor, tenemos un problema. Hay que atar a veinte camellos y sólo tengo diecinueve cuerdas. ¿Qué hago?

-Bueno -dijo el guía-, en realidad los camellos no son muy lúcidos. Ve donde está el camello sin cuerda y haz como que lo atas. El se va a creer que lo estás atando y se va a quedar quieto.

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El muchacho así lo hizo. A la mañana siguiente, cuando la caravana se puso en marcha, todos los camellos avanzaron en fila. Todos menos uno….

-Señor, hay un camello que no sigue a la caravana.

-¿Es el que no atastes ayer porque no tenías soga?

-Sí ¿cómo lo sabe?

-No importa. Ve y haz como que lo desatas, si no va a creer que sigue atado. Y si lo sigue creyendo no caminará.

¡Despierta!

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