En el parque de bomberos de la ciudad de Livermore (Californa) hay una bombilla que alumbra los camiones del garaje desde hace 116 años. Nunca se ha apagado desde que fuera encendida en 1901. ¿Qué tiene que ver esto con las relaciones humanas? ¿en qué conecta la existencia de esta bombilla centenaria con el modo en que las personas establecen vínculos amorosos en la actualidad? En mucho más de lo que pueda parecer a simple vista.

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En realidad la bombilla de Livermore es el paradigma de otra época, una época en que los productos se fabricaban con la máxima de que durasen. Una época en la que con unas medias de nylon se podía tirar de un camión sin que estas se rompieran.

La bombilla de Livermore sigue encendida porque su filamento es 8 veces más grueso que los de las bombillas actuales y está compuesto de carbono, un semiconductor de energía. Si un conductor se calienta mucho pierde la capacidad para seguir transmitiendo electricidad y se rompe. Sin embargo, el filamento que alumbra desde hace más de un siglo el garaje del parque de bomberos y que fue fabricado por la Shelby Electric Company se va convirtiendo en un conductor cada vez mejor cuando se calienta.

OBSOLESCENCIA PROGRAMADA

Evidentemente el gremio de fabricantes de bombillas no tardó en darse cuenta de que el índice de supervivencia de las bombillas que fabricaban era inversamente proporcional a las ganancias que obtendrían. La lógica capitalista es sencilla como el mecanismo de un yoyó: para poder mantener un crecimiento sostenido de beneficios el producto debe tener una fecha de caducidad para así poder generar demanda, en detrimento de agotar los recursos del planeta.

La obsolescencia programada se define como la programación del fin de la vida útil de un producto determinado. La empresa calcula que el producto sea inutilizable ya sea por falta de recambios para su reparación o porque haya que reemplazarlo por otro igual o mejor. De este modo el consumidor pagará más de una vez (y de dos y de tres) por una sola función por medio de productos degradables que requieran de una continua actualización. Así se pone en primer término los beneficios económicos por encima de crear productos de calidad.

NECESIDADES Y ALIENACIÓN

Es (al menos en parte) de el leit motif capitalista del crecimiento económico y la necesidad de consumir incesantemente de donde surge el mandato social de valorar la satisfacción de necesidades momentáneas de forma rápida por encima de valorar conscientemente cuales son verdaderamente nuestras necesidades.

Vivimos en la época de la urgencia, del bombardeo constante de informaciones, del marketing agresivo. Una época en que se enajenan las necesidades vitales de todo ser humano, siendo éstas alienadas y sustituidas por objetos o fantasías.

No hay más que encender la televisión para darse cuenta de que ese anuncio de un deportivo rojo no pretende en realidad vendernos un coche: nos está vendiendo independencia, libertad, juventud, status social… Un anuncio cualquiera de perfume nos vende ser deseables, no morir solos. Un anuncio de detergente o de yogures nos vende “dar lo mejor a los nuestros”, tener un hogar feliz y una estabilidad familiar.

Y así, expuestos a tumba abierta a todos esos mensajes, va germinando la idea de que necesidades vitales que solo pueden ser cubiertas cultivando nuestro amor propio y estableciendo relaciones saludables pueden ser satisfechas de forma rápida. Y como chapapote se va pegando al subconsciente generando frustración, una frustración que termina transformándose en compulsión y más consumismo. Vacío espiritual y fragilidad, en definitiva. Todo vale mientras siga girando la implacable rueda del crecimiento económico exponencial (de unos pocos, claro está)

La obsolescencia, el consumismo y la inmediatez para satisfacer necesidades vitales mediante sucedáneos tienen un fuerte impacto en la manera en que se establecen los vínculos humanos en la actualidad.

ZYGMUNT BAUMAN: MODERNIDAD LÍQUIDA

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Zygmunt Bauman (recientemente fallecido a los 92 años) fue un sociólogo, filósofo y ensayista polaco que comenzó su prolífica obra en la década de los 50 ocupándose de cuestiones como las clases sociales, el socialismo, el holocausto (Bauman era de origen judío), la modernidad, la posmodernidad, el consumismo, la globalización y la nueva pobreza.

Desarrolló el concepto de la modernidad líquida en sustitución al término de posmodernidad, analizando las sociedades globalizadas de la actualidad marcadas por economías capitalistas globales, privatización de servicios y la revolución de la información.

Bauman puso el foco en las consecuencias que este tipo de organización social tiene en los individuos. La modernidad líquida se caracteriza por el fin del compromiso mutuo en favor del individualismo. De este modo se asienta una mentalidad normativa con énfasis en el cambio más que en la permanencia. 

AMOR LÍQUIDO

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¿Entonces en que afecta todo esto al modo en que nos relacionamos con nosotros mismos y los demás?

En primer lugar existe una tendencia neurótica global de dar valor absoluto a la satisfacción inmediata de las necesidades físicas e intelectuales que existen en el momento presente filtradas por un requisito insobornable: lo que no me sirve ahora lo tiro.

Así los vínculos sentimentales se tornan más frágiles dado que existe un bloqueo a establecer raíces emocionales profundas con las personas que vamos conociendo. La objetificación de los individuos que nos rodean hace que, del mismo modo que podría suceder con un smartphone, estemos en una constante búsqueda de algo (alguien) que sirva mejor a nuestros propósitos (o a lo que creemos que son nuestros propósitos). Si algo (alguien) se estropea no me paro a repararlo, lo descarto y busco otra cosa (persona) más bonita y novedosa que ocupe el mismo lugar.

En pareja, por ejemplo, establecer un vínculo fuerte y comprometido requiere de un sentido de responsabilidad y de trascendencia personal que muchos no están dispuestos a asumir, donde no es posible concebir una auténtica relación sólida, estable y con un proyecto de futuro. Bauman habla de que hoy en día muchas relaciones son conexiones más que relaciones.  Y esto es así porque en un entorno en constante cambio permanecer desvinculados emocionalmente es un mecanismo de defensa aparentemente útil para la supervivencia (que no para la vivencia).

La naturaleza del amor líquido también se manifiesta en la relación que manejamos respecto a nosotros mismos. Es más sencillo (e incluso socialmente aceptable) pasar de una cosa a otra que pararnos a profundizar en nuestras zonas no visibles. Es más fácil huir hacia adelante y no mirarnos que permanecer y sostener nuestros temores y heridas para trascender más allá de todo ello.

En un mundo tan cambiante es bastante complicado no albergar sentimientos de incertidumbre. Dado esto y la primacía de la relación establecida entre cubrir necesidades con consumir es habitual que muchos individuos se lancen a la búsqueda de relaciones que cubran vacíos que solo pueden ser cubiertos por ellos mismos. Simplificando: para poder amar a los demás de forma profunda es necesario poder amarse a uno mismo.

AMOR MERCANTIL

A lo largo de su obra Zygmunt Bauman llega a la conclusión de que hoy en día las relaciones amorosas se basan más en la atracción física (o en lo que una persona determinada puede representar) que en una conexión profunda. Son relaciones que se establecen en base a una lógica de “ganancias-pérdidas”, de individualismo, donde el contacto es consabidamente efímero. Un amor cuya función es ser consumido.

Con la aparición de las redes sociales esta tendencia se consolida. La mutabilidad de la realidad percibida pisa a fondo el acelerador, lo virtual se confunde con lo real. Entrar en contacto con multitud de personas está a un click de distancia. El contacto humano profundo y significativo es paulatinamente sustituido por interacciones fugaces pertrechadas tras un dispositivo táctil de última generación. La versión egoica virtual de nosotros mismos no puede, en muchos casos, ser sostenida por nuestro yo real. Los límites entre lo imaginado y los hechos pueden llegar a difuminarse.

Si las relaciones, al igual que las bombillas, tienen pre-programada una fecha de caducidad es porque somos educados para ello. A los niños se les educa para que puedan disponer de juguetes o tablets si aprueban un examen, filtrando de a poco la idea de que obtendrán recompensas en función de que hagan lo que se espera de ellos, anulando las motivaciones intrínsecas y los gustos genuinos de cada persona.

Es así como se perpetua la idea de que no solo los objetos, si no también las personas somos “usables”. La necesidad de conocer al otro queda sepultada por la necesidad de “consumirlo” y ver qué prestaciones puede ofrecer. Si vemos a una potencial pareja como un trozo de carne es poco probable que se establezca una conexión emocional sana.

Si nos centramos en desarrollar una serie de estrategias para la obtención de placer inmediato (consumir al otro) operaremos desde un personaje (una creación egoica del todo insostenible) que cortocircuitará cualquier opción de reconocer a quién tengo en frente, de saber quién soy y qué necesito realmente. No ver al otro y no vernos a nosotros, sin duda, facilita la tarea de ir desechando rápidamente cualquier persona que nos cruzamos por el camino.

CAUSAS DE LA FRAGILIDAD DE LOS VÍNCULOS

Inseguridad: En la medida en que nos percibimos a nosotros mismos como capaces de mantener un vínculo y ser merecedores del mismo, podemos estar más abiertos a la posibilidad de profundizar y generar relaciones estrechas que nos nutran y nos hagan crecer.

Baja autoestima: Prima hermana de la inseguridad. Si no se está en disposición de sostener el contacto profundo con otro ser humano, las relaciones que se establecerán serán rápidas e insatisfactorias. No es lo mismo (ni sabe igual) un guiso fraguado a fuego lento donde todos los ingredientes van mezclándose a su debido tiempo, que engullir de dos bocados una hamburguesa de alguna cadena de fast-food. Si bien ambas pueden llenar la tripa, en el primer caso hay paladeo. En el segundo se engulle como un pavo, compulsivamente. Es la diferencia entre vivencia y supervivencia.

Esclavitud moderna: Según Bauman la felicidad se sustenta en dos pilares: Libertad y seguridad. No ser esclavo es reconocer que ambas deben coexistir en armonía y coherencia con nuestra propia esencia, aquello que somos de verdad y no aquello que nos hemos contado que somos…quien habita al otro lado de la máscara.

En los tiempos que corren es más fácil caer en la sedación de lo efímero que tratar de alumbrar lo de adentro y lo de afuera. Sin embargo todos venimos a este mundo equipados con una bombilla de conciencia marca Shelby Electric Company. El primer paso para escapar de la modernidad líquida es elegir encender el interruptor.

Juan Vargas, psicólogo.

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